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Natalia Berger

No es ningún secreto que la comida nos entra, primero, por la vista. Aunque en la comida lo más importante es el sabor, la presentación de los platos es una forma de estimular los sentidos y proporcionar una experiencia gastronómica plena de principio a fin. ¿Qué debemos tener en cuenta cuando presentamos nuestros platos?

¡Qué buena pinta!

El color

El color es una de los puntos fundamentales cuando queremos que los alimentos entren por los ojos. Debemos evitar que los platos sean monocromáticos, planeando con antelación los colores que vamos a añadir y creando tanto contraste como sea posible. Si el tipo de plato dificulta que se vean distintos colores puedes usar adornos, como hierbas aromáticas, elementos vegetales, un chorro de salsa de algún color llamativo…

También es importante poner esfuerzo en que los colores sean vivos, es especialmente en el caso de los vegetales. Puedes saltearlos o asarlos con un poco de mantequilla para caramelizarlos o usar métodos de cocción que eviten que el color de los alimentos se pierda.

La textura

El juego de texturas también llamará la atención del ojo, haciendo que empecemos a salivar antes de empezar a comer: un plato en el que se combinen elementos suaves y crujientes se nos hace siempre mucho más apetitoso. Si nuestro plato es excesivamente cremoso podemos usar elementos como los frutos secos, las semillas, los picatostes u otros elementos. Salsas, quesos o cremas añaden un toque cremoso.

Cuidar el plato

Si no estás seguro, usa platos blancos. El blanco aporta contraste y cede toda la atención a las colores y las texturas del alimento. Anímate con otros colores sólo si tienes claro que irá bien con la comida.

No llenes los platos. Para que la comida resulte más atractiva debe ocupar dos tercios del plato, el espacio vacío ayudará a generar contraste.

Existen ciertas “normas” de presentación clásica. Para los platos de carne, por ejemplo, la carne se coloca “a las 6”, y guarniciones a las 2 y 10 respectivamente. Los platos frío suelen empezar con el elemento principal en el centro del plato, y el resto de los elementos alrededor. Como ya sabemos, ciertas normas están ahí para ser desafiadas y hoy en día la estructura clásica sólo se emplea, por practicidad, para grandes banquetes. Atrévete a jugar con la altura, con distintas formas y disposiciones.

La simplicidad genera una percepción de elegancia. En ese sentido es importante tener en mente el concepto de “punto focal”. Pregúntate cuál es el elemento central de tu plato y coloca el resto de componentes dando sensación de unidad y cohesión, sin demasiadas áreas de atención.

También es importante el concepto de flujo. El flujo se refiere a cómo se disponen los alimentos en el plato y nos indica por dónde empezar a comer. Podemos plantear un flujo de balance asimétrico, lo cual implica más de un punto focal, o un flujo de balance simétrico, en el que los elementos siguen una misma dirección.

Apuesta por un número impar de elementos. Si vas a servir langostinos o champiñones rellenos, que sean 3, 5 o 7, ya que siempre resultarán más interesantes así.

La limpieza del plato también es muy importante. Es esencial que al emplatar los distintos elementos no los muevas, ya que eso daría un aspecto poco cuidado. Si el plato lleva salsa, es mejor añadir la salsa al final con una cuchara. También ayuda repasar los bordes del plato con una servilleta antes de llevarlo a la mesa, para eliminar salpicaduras, marcas de dedos etc.

 

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