conciencia plena


Natalia Berger

El mes pasado, en “feliz como una perdiz” aprendimos a meditar y, lo que es más importante en vidas aceleradas como las nuestras, a hacerlo en cualquier lugar, en cortos espacios de tiempo. Hoy nos ocupa un tema relacionado, la conciencia plena, y igual que hicimos el mes pasado, queremos trasladar ese concepto tan elevado a nuestro día a día más cotidiano.

Mantener la mente ocupada única y exclusivamente por aquello que estamos haciendo, por insignificante que sea la actividad, es una forma de trabajar a todas horas en nuestra capacidad de concentración, de mantener la claridad mental que todos necesitamos y de aprender a conocernos. Es en las actividades cotidianas cuando más permitimos a nuestro cerebro distraerse y entrar en la ensoñación, cuando podríamos convertir esas actividades en un bálsamo, un momento para escucharnos y conocernos.

Cuando te levantes por la mañana y entres en la ducha… 
No te limites a colocarte bajo el chorro y pensar en cualquier cosa mientras retrasas el momento de salir. Piensa en el agua caliente y las sensaciones que te produce, en el olor del champú y el tacto de la esponja, piensa también en usar la cantidad necesaria de agua y escucha el silencio una vez hayas cerrado el grifo. Si algún pensamiento negativa te ataca, obsérvalo de la forma más imparcial posible hasta que se haga pequeño. Puedes preguntarte cuál ha sido el motivo de que ese pensamiento haya interrumpido tu momento y si es justificado.

Cuando vayas a trabajar…
Evita la habitual rabia desmedida que rodea los atascos y los transportes públicos en hora punta, encontrándote contigo mismo y analizando tus reacciones. Aunque no puedes cambiar la realidad, sí puedes cambiar la forma en la que te enfrentas a ella. Concéntrate en tus sentidos y en tus emociones, ya sean positivas como la belleza de observar el paisaje del amanecer o negativas como el deseo de estar en otro lado o las ganas de gritar. Muchas veces la ansiedad y la rabia desmedida no son más que consecuencias de no haber observado nuestros verdaderos sentimientos hacia algo.

Cuando esperes…
Todos odiamos hacer cola, esperar, “perder el tiempo”… y aunque está fuera de nuestro alcance evitar o acortar las esperas, la reacción más habitual es mirar compulsivamente el reloj y buscar algo en el teléfono móvil o en las revistas, lo que sea, cualquier cosa que pueda apartarnos de nuestra propia impaciencia. De nuevo es el momento para escucharte: la primera sensación de impotencia al ver la cola, el ambiente que se respira en el lugar, tu propia respiración, la posibilidad de dedicarle unos instantes a la reflexión, la sensación positiva al poder finalmente interactuar con la persona que te atiende…

Cuando te laves los dientes…
No te limites a mover el cepillo mientras piensas en las cosas que tienes que hacer o incluso paseas por la casa buscando las llaves o la agenda. Siente tus pies en el suelo, los músculos de tu brazo trabajar y el sonido del cepillo. Piensa en cada diente y siente como lo estás dejando impecable. Piensa en la satisfacción de sentir la limpieza cuando termines.

Realiza este ejercicio todos los días en los actos más sencillo, trata de estar siempre conectado con aquello que estás viviendo por simple que parezca (o especialmente cuando sea algo muy simple). Así como los ejercicios del gimnasio nos ayudan a fortalecer músculos que luego usamos en nuestro día a día, este ejercicio te ayuda a fortalecer el cerebro para que le sea más fácil concentrarse en lo que está haciendo en presente.

Deja tu comentario

Para comentar tienes que estar registrado en Naturarla.