alicia a través del espejo


Natalia Berger

Ahora que hemos empezado el mes de la primavera, y aunque el tiempo no parezca especialmente primaveral, nos apetece hablar de jardines. ¿Qué jardines son los más impresionantes que el hombre ha visitado? Los jardines de Versalles, los jardines de Aranjuez, los jardines que pintó Monet en sus cuadros… Se nos ocurre que no hay jardines más impresionantes que los que visitó Alicia en las 2 novelas de L.Carroll: Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Hoy os traemos este fragmento en el que Alicia, después de cruzar el espejo se encuentra en un mundo extraño donde la derecha es la izquierda y la izquierda es la derecha y para llegar a un sitio hay que caminar en dirección contraria: ha llegado al mundo del otro lado del espejo y ahí está, conversando con las altivas flores del jardín y tratando de solucionar su problema:


–¡Oh, lirio irisado! –dijo Alicia, dirigiéndose hacia una flor de esa especie que se mecía dulcemente con la brisa–. ¡Cómo me gustaría que pudieses hablar!

–¡Pues claro que podemos hablar! –rompió a decir el lirio–, pero sólo lo hacemos cuando hay alguien con quien valga la pena de hacerlo.

Alicia se quedó tan atónita que no pudo decir ni una palabra durante algún rato: el asombro la dejó sin habla. Al final, y como el lirio sólo continuaba meciéndose suavemente, se decidió a decirle con una voz muy tímida, casi un susurro:

–¿Y pueden hablar también las demás flores?

–Tan bien como tú –replicó el iris–, y desde luego bastante más alto que tú.

–Por cortesía no nos corresponde a nosotras hablar primero, ¿no es verdad? –dijo la rosa–. pero ya me estaba yo preguntando cuándo ibas a hablar de una vez, pues me decía: «por la cara que tiene, a esta chica no debe faltarle el seso, aunque no parezca tampoco muy inteligente». De todas formas tienes el color adecuado y eso es, después de todo, lo que más importa.

–A mí me trae sin cuidado el color que tenga –observó el lirio–. Lo que es una lástima es que no tenga los pétalos un poco más ondulados, pues estaría mucho mejor.

A Alicia no le estaba gustando tanta crítica, de forma que se puso a preguntarles cosas.

(…)

Alicia miró ansiosamente a su alrededor y se encontró con que era la Reina roja.

–¡Pues sí que ha crecido!– fue su primera observación; pues, en efecto, cuando Alicia la vio por primera vez entre las cenizas de la chimenea no tendría más de tres pulgadas de altura… y ahora, ¡hétela aquí con media cabeza más que la misma Alicia!

–Eso se lo debe al aire fresco –explicó la rosa–, a este aire maravilloso que tenemos aquí afuera.

–Creo que iré a su encuentro –dijo Alicia, porque aunque las flores tenían ciertamente su interés, le pareció que le traería mucha más cuenta conversar con una auténtica reina.

–Así no lo lograrás nunca –le señaló la rosa– Si me lo preguntaras a mí, te aconsejaría que intentases andar en dirección contraria.

Esto le pareció a Alicia una verdadera tontería, de forma que sin dignarse a responder nada se dirigió al instante hacia la Reina. No bien lo hubo hecho, y con gran sorpresa por su parte, la perdió de vista inmediatamente y se encontró caminando nuevamente en dirección a la puerta de la casa.

Con no poca irritación deshizo el camino recorrido y después de buscar a la Reina por todas partes (acabó vislumbrándola a buena distancia de ella) pensó que esta vez intentaría seguir el consejo de la rosa, caminando en dirección contraria.

Esto le dio un resultado excelente, pues apenas hubo intentado alejarse durante cosa de un minuto, se encontró cara a cara con la Reina roja y además a plena vista de la colina que tanto había deseado alcanzar.

–¿De dónde vienes? –le preguntó la Reina– y ¿adónde vas? Mírame a los ojos, habla con tino y no te pongas a juguetear con los dedos.

Alicia observó estas tres advertencias y explicó lo mejor que pudo que había perdido su camino.

–No comprendo qué puedes pretender con eso de tu camino contestó la Reina–, porque todos los caminos de por aquí me pertenecen a mí…; pero, en todo caso –añadió con tono más amable–, ¿qué es lo que te ha traído aquí?. Y haz el favor de hacerme una reverencia mientras piensas lo que vas a contestar: así ganas tiempo para pensar.

Alicia se quedo algo intrigada por esto último, pero la Reina la tenía demasiado impresionada como para atreverse a poner reparos a lo que decía.

–Probaré ese sistema cuando vuelva a casa –pensó–, a ver qué resultado me da la próxima vez que llegue tarde a cenar.

–Es tiempo de que contestes a mi pregunta –declaró la Reina roja mirando su reloj–. Abre bien la boca cuando hables y dirígete a mí diciendo siempre «Su Majestad».

–Sólo quería ver cómo era este jardín, así plazca a Su Majestad…

–¡Así me gusta! –declaró la Reina dándole unas palmaditas en la cabeza, que a Alicia no le gustaron nada– aunque cuando te oigo llamar a esto «jardín»… ¡He visto jardines a cuyo lado esto no parecería más que un erial!

Alicía no se atrevió a discutir esta afirmación, sino que siguió explicando:

–…y pensé que valdría la pena de subir por este camino, para llegar a la cumbre de aquella colina…

–Cuando te oigo llamar «colina» a aquello… ¡Podría enseñarte montes a cuyo lado esa sólo parecería un valle!

–Eso sí que no lo creo –dijo Alicia, sorprendida de encontrarse nada menos que contradiciendo a la Reina–. Una colina no puede ser un valle, ya sabe, por muy pequeña que sea; eso sería un disparate…

La Reina roja negó con la cabeza:

–Puedes considerarlo un disparate, si quieres –dijo–, ¡pero yo te digo que he oído disparates a cuyo lado éste tendría más sentido que todo un diccionario!

Alicia le hizo otra reverencia, pues el tono con que había dicho esto le hizo temer que estuviese un poquito ofendida; y así caminaron en silencio hasta que llegaron a la cumbre del montecillo.

Durante algunos minutos Alicia permaneció allí sin decir palabra, mirando el campo en todas direcciones…

¡Y qué campo más raro era aquel! Una serie de diminutos arroyuelos lo surcaban en línea recta de lado a lado y las franjas de terreno que quedaban entre ellos estaban divididas a cuadros por unos pequeños setos vivos que iban de orilla a orilla.


–¡Se diría que está todo trazado como sí fuera un enorme tablero de ajedrez –dijo Alicia al fin–. Debiera de haber algunos hombres moviéndose por algún lado… y ¡ahí están! –añadió alborozada, y el corazón empezó a latirle con fuerza a medida que iba percatándose de todo–. ¡Están jugando una gran partida de ajedrez! ¡El mundo entero en un tablero!…, bueno, siempre que estemos realmente en el mundo, por supuesto. ¡Qué divertido es todo esto! ¡Cómo me gustaría estar jugando yo también! ¡Como que no me importaría ser un peón con tal de que me dejaran jugar…! Aunque, claro está, que preferiría ser una reina.

Al decir esto, miró con cierta timidez a la verdadera Reina, pero su compañera sólo sonrió amablemente y dijo:

–Pues eso es fácil de arreglar. Si quieres, puedes ser el peón de la Reina blanca, porque su pequeña, Lirio, es demasiado niña para jugar; ya sabes que has de empezar a jugar desde la segunda casilla; cuando llegues a la octava te convertirás en una Reina… –pero precisamente en este momento, sin saber muy bien cómo, empezaron a correr desaladas.

Deja tu comentario

Para comentar tienes que estar registrado en Naturarla.