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Natalia Berger

Durante milenios la humanidad sobrevivió recogiendo todos aquellos frutos silvestres que encontraba en su camino. Hoy, con los mercados y supermercados, no hay nadie que necesite esos frutos para sobrevivir pero sin embargo existe un placer oculto, quizá algo que está escrito en nuestros genes, que nos lleva a rebuscar entre las escamas de una piña, a meter la mano entre las espinas de una zarzamora o a trepar por las ramas de un madroño.

Con la llegada del otoño nuestros bosques se llenan de bayas, semillas y frutos silvestres y recoger esos frutos es uno de los placeres añadidos de nuestras excursiones de otoño. Sin embargo debemos ir con cuidado, ya que no todos los frutos que encontramos son buenos, algunos son tóxicos. Desde Naturarla os recomendamos que sólo os animéis con esos frutos claramente reconocibles y que sepáis que son comestibles. Hoy os queremos dar algunos ejemplos para los que quieran ir sobre seguro. Y recordad que, cuando recogemos algo del bosque, siempre es aconsejable guardar una hoja o un fruto de la planta en cuestión, para identificar la especie rápidamente en caso de intoxicación.

Moras: Es quizá el fruto silvestre más popular. Las moras, además de estar deliciosas, tienen muchas propiedades beneficiosas para las salud. Por eso nos arriesgamos a hacer equilibrios y meter la mano entre espinas para recoger cuantas más mejor. Algunas las comeremos al momento, que es el mayor placer de los glotones, el resto las guardaremos en la cesta para hacer mermeladas, batidos, postres…

Castañas:  Como ya vimos en este anterior artículo sobre la castaña, se trata de un fruto de altísimo valor nutritivo y gran cantidad de aplicaciones en gastronomía, aunque lo más divertido puede ser tostarlas y comerlas en las frías tardes de otoño e invierno. Las castañas no deben recogerse del árbol, sino que debemos recoger aquellas que se han desprendido solas y están en el suelo, rodeadas o no de sus pinchos.

Higos: Si vives en la zona mediterránea, donde el clima es suave, es muy probable que encuentres higueras en tus paseos. Y ¿quién puede resistirse a un jugoso higo recién cogido? Los higos pueden comer se frescos, en conserva, en mermelada o secos.

Escaramujo: Se trata de unos pequeños frutos, alargados y rojos y son el fruto de los rosales silvestres. Se puede consumir crudo, aunque antes hay que lavar y retirar los pelillos que tiene. Con el escaramujo podemos elaborar tisanas, mermeladas jabones…

Madroños: Estos frutos anaranjados que crecen en abundancia en las zonas mediterráneas y en el centro de la península están muy buenos frescos, pero ¡ojo! Cuando están maduros pueden contener hasta un 0,5% de alcohol y si comemos muchos puede producir mareos, dolor de cabeza y malestar estomacal. Lo mejor es comer unos pocos y el resto reservarlos para hacer mermelada. ¡La mermelada de madroño es deliciosa!

Granadas: Las granadas son grandes, redondeadas, atractivas y de color intenso. Esta fruta llama mucho la atención y es normal que nos lancemos a recogerla, pero hay que tener cuidado porque entre las hojas existen unas espinas que son muy molestas si nos hieren. Se trata de una fruta dulce, con muchas propiedades medicinales y se puede comer fresca, en zumo y en confitura.

Avellanas: En los bosques de ribera y otras zonas húmedas y sombrías encontramos los avellanos junto a chopos, álamos, fresnos, sauces, mimbreras… Sabemos que podemos recolectar la avellana cuando la cáscara presenta tonalidades marrones. Es habitual encontrarlas por el suelo y en ese caso debemos comprobar que, al cogerlas, pesan. 

Piñones: Al pie de pinos piñoneros se puede recoger un buen puñado de sabroso y energéticos piñones. Si alguna piña madura se ha desprendido estando aún cerrada, podéis probar a ponerla junto al fuego. Muy probablemente abrirá sus escamas y os dejará extraer los ricos piñones.

Frambuesas, arándanos, endrinas, nueces, saúco, higos chumbos… el otoño nos ofrece muchos más frutos, ¡te invitamos a que salgas al bosque y los conozcas!

Ideas para niños

El clima todavía es bueno y el bosque está más bonito que nunca. Una salida al campo en otoño recogiendo aquello que la naturaleza ofrece puede ser una estupenda actividad familiar. Además de tomar aire fresco y hacer algo de deporte, podremos compartir con los niños una bonita experiencia y transmitirles el amor por la naturaleza.

Empieza a presentarles las distintas plantas, empezando por las más llamativas y haz que sea un juego reconocerlas. El castaño, por ejemplo, es para muchos uno de los árboles más bellos, especialmente en otoño cuando sus hojas se tiñen de fuego y sus frutos entran en esplendor.

Siempre es bueno contarles la mágica función de los frutos: envolver a la semilla de algo atractivo y jugoso para que los animales se lo lleven y nazcan nuevos árboles en zonas alejadas.

No olvidéis recoger piñas, bellotas, almendras y todo tipo de pequeños frutos secos, aunque no sean comestibles. En las frías tardes de invierno podrán servir de monedas en el mercado, de tesoro que hay que encontrar, de objetos con los que hacer manualidades y mil cosas más. Son la clase de “juguete” que estimula mucho la imaginación de los niños.

 

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