aprendizaje del bebé


Penelope Coronado

Hace poco he vuelto a ver Buscando a Nemo, con mi hijo, él disfrutaba fascinado de su primer visionado de esta película. Cuando eres padre o madre algo te cambia profundamente por dentro y sientes y vives las películas -y por supuesto todo lo demás- de otra manera. Esta vez, la lectura importante que saqué de la película de Pixar es que a los peques, por mucho miedo que nos dé, hay que dejarles hacer las cosas por sí mismos. Igual que al padre de Nemo, temeroso de que su pequeño pescadito nade en las aguas del océano llenas de peligros desconocidos, a nosotros nos asusta que nuestro bebé, al desenvolverse, pueda darse un coscorrón, se caiga de bruces o dé un traspiés. No hay que obsesionarse al querer proteger a nuestros hijos: precisamente esa es la moraleja de Nemo, confiar en la capacidad de nuestros hijos para hacer las cosas por sí mismos. Durante su primer año de vida es importante dejarles un poco a su aire, por supuesto no hay que dejarles nunca solos, pero sí, dentro de un espacio controlado, permitirles observar, interactuar y jugar, para que experimenten por sí mismos, de forma intuitiva. Es así como les ayudaremos a desarrollar todos sus sentidos y sus destrezas, su habilidad mental, su control emocional, su autonomía, proporcionándoles una sensación de seguridad y goce.

Los bebés son personitas con una gran capacidad de aprendizaje, ávidos de información, con ansias por comprender el mundo y conocerlo. Los cambios que experimentan en su desarrollo intelectual, psicomotor, afectivo, psicológico y social son espectaculares en su primer año de vida. Pasan de ser un recién nacido desvalido a convertirse en un niño cada vez más autónomo que anda, juega, se relaciona con los demás, y empieza a forjar su propia personalidad. Es durante ese proceso de aprendizaje cuando nosotros debemos tratar de estimular a nuestros hijos a través del juego libre, del ejercicio de la curiosidad, la exploración y la imaginación.

Explorar lo que les rodea o jugar sin juguetes
Cuando nuestro hijo se desenvuelve, ya sea dentro o fuera casa, por la propia inquietud que le impulsa, es normal que quiera tocarlo todo, y también llevárselo a la boca. Esto forma parte de su aprendizaje. Cuando son muy pequeños su forma de relacionarse con las cosas es precisamente a través de su boquita, chupando todo aquello que cae en sus manos. Aquí es importante no volverse locos, porque no vamos a poder evitar que esa cosa que está chupando nuestro hijo no se caiga al suelo, y siempre es bueno tener presente que, para bien de su sistema inmunológico, es mejor que se acostumbren a las posibles bacterias que pueda haber en el suelo, en vez de que todo a su alrededor sea aséptico porque entonces no van a crear las defensas necesarias. Pero no me quiero entretener con este tema, porque esto da para otro artículo. Baste decir que hay un momento en que dejan de llevarse las cosas a la boca, porque les interesa más manipularlas, sacarlas y meterlas fuera de su sitio, tirarlas, abrirlas o cerrarlas, llevarlas de un sitio a otro, e incluso esconderlas.

Hablo de “cosas”, y no de juguetes, porque como todos los padres sabemos, a los nenes pequeños les fascina mucho más que un juguete cualquier objeto que encuentran por la casa o que nos ven usar a nosotros. Son objetos predilectos de los bebés el mando a distancia, el teléfono o el móvil, nuestras gafas, los muebles con cajones, las llaves, y en general cualquier aparato con lucecitas que, cuando aprietas un botón, ocurre algo. Los niños aprenden a través de la imitación. Nos van a querer imitar a nosotros, de ahí su interés por los objetos reales, que nos ven manipular. También su fascinación surge por esa curiosidad sin límites que tienen, que les impulsa a descubrirlo todo, y al fin y al cabo nada mejor para conocer el mundo que explorar sus objetos más reales. En esta aventura del bebé por descubrirlo todo es normal que a los papás nos asuste que todo sea susceptible de pasar por sus manitas, con el riesgo de llevarnos algún susto, y además ver algunas de nuestras más amadas pertenencias rotas o estropeadas. Lo mejor será, cuando nuestro hijo ya camine, tratar de adaptar lo mejor posible nuestra casa, para que no nos encontremos peligros, y además salvaguardar nuestros objetos más preciados.

Una salvedad antes de seguir: no se trata de ser padres temerarios. Hay cosas realmente peligrosas que nunca deben estar al alcance de los niños. Los objetos punzantes o que cortan nunca deben quedar a mano de los peques. Las cosas que queman, muchísimo cuidado si el horno queda a su altura, atención con la plancha. Los medicamentos y los productos de limpieza, siempre guardados donde ellos no puedan acceder. Y cuando son muy chiquitines y todo se lo llevan a la boca, poner especial atención en los objetos muy pequeños, porque se pueden atragantar y llevarnos un susto. Fuera de esto, pues no es recomendable que se vayan a los cables o a los enchufes, algo que les fascina a todos los nenes. Existen protectores de enchufes muy útiles para evitar estos riesgos, y toda una gama de productos de seguridad como protectores de esquinas, de puertas, topes para armarios y cancelas de seguridad por si tenemos escaleras en casa. Fuera de estos peligros, no hay que agobiarles diciéndoles a todo que “no”, porque es importante que entiendan que el “no” es sólo para aquello que de verdad es un riesgo real para ellos.

aprendizaje de nuestro bebé

Jugar para entretenerse y descubrir el mundo
Los bebés no son máquinas, no están programados. Cada uno sigue su propio ritmo de desarrollo, y va a ser labor nuestra el involucrarnos, estimulándoles, dejándoles margen, en función de qué necesidades tengan en cada momento. Cuando tienen pocos meses, le podemos poner en su hamaca o en una alfombrita de juegos, para que miren y toquen los juguetes que les pongamos delante. Ya cuando se sienten, podemos dejarles sentaditos, sin miedo, en su alfombra, y que manipulen a su aire lo que veamos que les gusta. Nadie mejor que los papás para saber qué les atrae a nuestros hijos, y qué tipo de juegos les convienen: los blanditos para los más bebés, los de madera o plástico duro para los más mayores. Cuando ya echen a andar y no haya quien les pare, el parque va a ser su pasión, jugar con la arena, con su cubito y su pala. Sin importarnos que se embadurnen y manchen de tierra, porque para ellos lo importante será estar en contacto con la arena que les encanta manipular, cerca de otros niños, a los que imitarán y con los que tendrán que relacionarse y aprender a compartir, otro factor esencial para su desarrollo.

Los niños aprenden jugando. El juego es la forma más importante para ayudar al bebé a desarrollar cada una de sus cualidades motrices, psicológicas, intelectuales y sensoriales. Cuando los niños juegan desarrollan su memoria, mejoran su lenguaje y establecen relaciones sociales. Porque los niños no juegan sólo para entretenerse, el juego les ayuda a conocer el mundo, a ellos mismos y a descubrir todo lo que pueden hacer. Y los papás debemos dedicar tiempo a jugar con nuestros hijos, creando un ambiente rico en cariño y en estímulos, porque estimularles es una tarea tan importante como alimentarlos. También al poner en práctica su curiosidad, se van a encontrar con frustraciones y obstáculos. Equivocarse formará parte de su aprendizaje. Porque con el juego no hay pautas, son los niños quienes ponen sus normas, y aunque nosotros les queramos sugerir una forma de hacerlo, “si le das a este botón, suena la música, y si le das a este otro el pollito sale de su nido”, lo importante será que el pequeño experimente por sí mismo, planteándose él las posibilidades que le ofrece el juguete, no solo las que nosotros le hemos sugerido. Porque, como dice Serrat en esa maravillosa canción que resume a la perfección la forma de ser de los niños, aunque por su bien debamos domesticar a esos locos bajitos que se incorporan, con los ojos abiertos de par en par, es importante que decidan por ellos, que se equivoquen.

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