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Penelope Coronado

“Si no te comes las judías verdes vendrá el hombre del saco”. Afortunadamente, mentiras como esta  ya no se escuchan entre los papás de hoy en día. Pero mentir sigue siendo un hábito que usualmente utilizan muchos padres. ¿Y por qué los padres mentimos a nuestros hijos? Porque frecuentemente nos enfrentamos a situaciones de las que no sabemos cómo salir o a preguntas comprometidas de los hijos a las que no sabemos cómo responder. Y para salir del paso, nos pasa a nosotros y sobre todo a los abuelos, a veces echamos mano de las mentiras. Pero no hay que mentir a los niños. Siempre va a ser mucho mejor responder con sinceridad, de manera adaptada a la edad y capacidad de comprensión de cada niño. Porque la sinceridad es una virtud que tenemos que practicar continuamente, y para eso es importante decir siempre la verdad delante de nuestros hijos, aunque nos cueste hacerlo.

Las mentiras tienen las piernas muy cortas

A lo padres, como adultos, decir ciertas mentiras a nuestros hijos nos puede resultar una pequeñez, cosa de niños, no pasa nada por decir que no funciona el fastidioso cochecito a monedas que hay delante de muchas tiendas, tampoco tiene nada de malo decir que ya no ponen más dibujos en la tele, aunque en los canales infantiles o en internet siempre los haya. Pero no hay que mentir a los niños. Lo primero, porque, tarde o temprano, y la mayoría de las veces, se darán cuenta de que estamos mintiendo. Incluso cuando los niños son pequeños, y funcionamos con ellos con la comunicación no verbal, nuestros gestos y nuestra forma de expresarnos van a jugar en nuestra contra. Además y lo más importante, cada vez que mentimos a nuestros hijos, estamos perdiendo parte de la confianza que el niño tiene en nosotros. Y aparte, dejamos pasar una oportunidad de enseñarle cómo hacer frente a circunstancias difíciles, y a resolver estos problemas hablando y confiando en los demás, siendo sincero. Por algo nuestro refranero está plagado de enseñanzas que nos alertan sobre el mentir: se pilla ante a un mentiroso que a un cojo, en boca del mentiroso lo cierto se hace dudoso, los niños ni ocultan mentiras ni callan verdades, son algunos de ellos. Porque siempre va a ser mucho más positivo y pedagógico contar la verdad. Con un lenguaje que nuestro hijo pueda comprender, de manera afectuosa y calmada, omitiendo detalles escabrosos, así, diciendo la verdad, les daremos la oportunidad de aclarar sus dudas, de sentirse seguros y protegidos con nosotros.

Los niños tienen miedo a la incertidumbre, a la falta de información

No hay que olvidar que muchos miedos infantiles son el resultado de una información insuficiente, imprecisa o falsa. Para un niño pequeño el mundo resulta algo gigante, misterioso y confuso. Y cuando los niños no entienden algo del todo, ya sea el cómo funcionan las cosas, el por qué hay rayos y truenos, o que mamá se vaya y desaparezca durante horas, esto puede causarles miedo y ansiedad. Aunque los niños forman sus propias ideas sobre cómo funciona el mundo, su mundo que es su día a día y su familia, a veces llegan a ideas incorrectas, que les asustan, por tener una información insuficiente. Por eso, no hay que confundirles todavía más con mentiras, aunque nosotros creamos que las decimos por su propia seguridad y para hacer que no sufran. Si mamá o papá se ha ido de viaje de trabajo, por ejemplo, es mejor ser sinceros y decires que por unos días mamá o papá no estará, ya que si mentimos queriendo no preocuparles, será peor, porque esperarán que vuelva, y al ver que no es así la angustia sera mayor.

Razones para no mentir a nuestros hijos

1. Mintiendo deterioramos su confianza en nosotros

Usar mentiras con los niños, a la larga, va a deteriorar la confianza que el niño siente hacia nosotros. Ellos confían en sus papás por encima de todo, y si usamos mentiras, aunque a nosotros nos parezcan pequeñas e incluso tontas, vamos a generar en ellos desconfianza, hacia nosotros y hacia el resto de las personas. Porque van a pensar que los mayores les pueden engañar con facilidad. Y cuando los niños se sienten engañados, no hay que dudar que esto les hace sentir heridos, van a tender a ver todas las relaciones como algo frágil, y descubrirán que la mentira puede ser una moneda de cambio que se usa para conseguir las cosas así, mintiendo. De hecho, pueden considerar la honestidad y la sinceridad de los demás como una debilidad que se puede explotar. Así que podría decirse que la mentira lleva consigo más mentira.

2. Si queremos hijos honestos, nada mejor que no mentirles a ellos

En la difícil tarea de educar, nada funciona mejor que ser un buen ejemplo para nuestros hijos. Y es que, al educar, podemos aprovechar para “educarnos” también a nosotros mismos. No se trata de querer ser los mejores padres del mundo, pero sí de tomar conciencia de nuestros defectos y, en la medida de lo posible, tratar de corregirlos. Y si queremos que nuestros hijos no digan mentiras nada mejor que no mentirles a ellos. Es fundamental como padres ser su referente de honestidad, hacerles comprender que pueden confiar absolutamente en nosotros, desde que son pequeños, cuando esta confianza es automática, para así, cuando lleguen a otras etapas de su vida más críticas como la adolescencia, haber sentado unas buenas bases de confianza y sinceridad en nuestra relación con ellos. A fin de cuentas, si no somos sinceros nosotros mismos, ¿cómo podemos exigir a un niño que lo sea?

3. Poder confiar en nuestros hijos

Si siempre les explicamos a nuestros hijos las cosas con paciencia y adecuándonos a su edad, esto va a hacer que nuestra relación con ellos sea mucho más sincera y más justa. Y vamos a poder tener la confianza de que ellos harán lo mismo. Si tenemos confianza hacia ellos, a que van a decir la verdad y no usar mentiras, esto va a favorecer además su autoestima y su sentido de la responsabilidad.

4. Amor incondicional

Es mejor desterrar de nuestro catálogo de frases hechas esas que dicen: “si no te vas a bañar ahora mismo, mamá te va a dejar de querer”. Además de tratarse de una mentira, ya que nunca vamos a dejar de querer a nuestros hijos, este método, que consiste en utilizar el amor como herramienta de coacción para conseguir que el niño haga una cosa determinada, no es nada recomendable ni pedagógico, y tampoco sirve para que nuestros hijos cumplan nuestros deseos. Nunca hay que condicionar a los pequeños utilizando nuestro amor como moneda de cambio. Nuestro cariño hacia ellos debe ser siempre incondicional.

Los niños nunca olvidan una promesa

A veces los padres buscamos la comodidad, no complicarnos la vida. Y por eso, para zanjar un tema, porque muchas veces los niños provocan en los padres sentimientos muy intensos y pueden llegar a ser muy irritantes, utilizamos verdades a medias o promesas que no tenemos la intención de cumplir. No hay que olvidar que los niños nunca olvidan una promesa. Si nos comprometemos con ellos, hay que ser cumplidores o al menos honestos. Si hemos hecho, por poner un ejemplo, la promesa de que el fin de semana vamos a llevar al niño al cine, para él va a ser importante que lo cumplamos. Y si mentimos, diciendo por ejemplo que la película aún no está estrenada, seguramente que luego nos llevemos la sorpresa de que el niño lo descubrirá, porque sin ir más lejos en el cole le dirán otros amiguitos que ya han visto la película. Esto va a decepcionar muchísimo al pequeño, por eso, para no minar su confianza, será mejor evitar esta clase de mentiras o ser honestos y decirle, con total franqueza, que no hemos ido al cine porque los papás tenían otros planes y que sentimos mucho haber usado una mentira. Y es que, aunque no nos guste complicarnos la vida, si hemos elegido ser padres, esto conlleva una serie de responsabilidades que no podemos eludir.

Temas difíciles, cuando hay situaciones dramáticas

Cuando ocurren situaciones complicadas, como la separación de los papás o la enfermedad de un familiar o amigo cercano, siempre hay que decirle la verdad al niño. Los niños, desde que son muy pequeños, son capaces de percibir nuestro estado emocional, por cómo les hablamos, en qué tono, si han escuchado una discusión o nos han podido ver llorar. De modo que, aunque les mintamos sobre estos temas, sabrán que algo malo está sucediendo. Además, al mentir a un niño cuando algo grave pasa en la familia, aunque sea por intentar protegerle, no le estamos ayudando porque, como decía, la falta de información produce miedo y angustia a los niños, y de esta manera sólo conseguiremos dejarle solo con su temor, y le trasmitimos el mensaje de que hay cosas de las que no se puede hablar.

Otros temas que como padres pueden resultarnos difíciles de hablar con nuestros hijos son los que tienen que ver con la sexualidad o la muerte. Son temas que nos turban o nos angustian, y sobre los que nuestro niño nos puede hacer preguntas. También en estos casos hay que responder con sinceridad, de manera adaptada a la edad y capacidad de comprensión del niño.

Qué decir de las “mentiras piadosas”

Al querer proteger a nuestros hijos, es muy habitual que a la hora de ponerles la vacuna, por ejemplo, les digamos “no te va a doler”. O decir “tómatelo que está muy rico”, cuando hay que  tomar un medicamento porque el niño está malito. A la larga, aunque estas mentiras sean por su bien, terminan minado la confianza de los pequeños hacia nosotros. En el caso concreto de los medicamentos mejor ser sinceros, y decir algo así como “ya sé que está muy malo, pero hay que tomarlo para que te pongas bueno”.

Qué decir de las bromas

El sentido del humor es fundamental en la vida y, cuando los niños ya son lo suficientemente mayores para entender que hemos dicho algo en broma, será la mejor manera de trasmitirlo a nuestros hijos. Las bromas no significan ser deshonesto, aunque estén acompañadas de una historia inventada. Eso sí, siempre hay que dejarles claro que se trata de una fantasía que nos hemos inventado para reírnos un rato todos juntos.

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