A la hora de querer conocer las cosas, y entender el mundo que nos rodea, debemos hacernos preguntas. Todos preguntamos sobre el qué (es esto), pero la mayoría olvida el porqué. Y en el fondo es esta última pregunta la que hace avanzar la ciencia, y con ella el mundo. Muchos de nosotros, y cualquier médico, sabría explicar qué es la diabetes, las enfermedades cardiovasculares o el Alzheimer. Cuestión bien distinta es explicar el porqué, y sin embargo es ésta la pregunta clave y esencial en este caso para avanzar en el entendimiento y la erradicación de la enfermedad. ¿Por qué, en primer lugar, desarrollamos una enfermedad? Conoce su origen y lo comprenderás todo.

Si conocer el origen de una enfermedad crónica específica es ya una tarea nada sencilla, intentar desentrañar una causa unificadora para todas las enfermedades crónicas es simplemente inalcanzable a juicio de no pocos médicos. En realidad, sería el sueño dorado de cualquier científico. Pero, ¿y si dicha teoría unificadora ya existiera y sólo fuera cuestión de prestarle más atención? Creo francamente que la mayoría de médicos siguen sin prestar demasiada atención a la hiperinsulinemia.

Desde que Stanislas Tanchou advirtió a mediados del siglo XIX que enfermedades crónicas como el cáncer se extendían como la pólvora en las zonas más urbanas, hasta que Peter Cleave publicó en 1974 su obra “Saccharine Disease” tuvo que pasar más de un siglo, pero fue por desgracia el tiempo necesario para que Cleave respondiera a los porqué de Tanchou. ¿Por qué se producen las enfermedades típicas de la moderna civilización? En realidad, éste fue el quebradero de cabeza habitual de antropólogos del XIX y XX que descubrían cómo las civilizaciones primitivas existentes parecían inmunes a ellas. Y la respuesta de Cleave fue tan rotunda como sencilla: todo se debe al sobreconsumo de carbohidratos, muy particularmente los refinados. Y si de nuevo indagamos sobre el porqué, sabremos que todo se debe al impacto de estos alimentos sobre la insulina. Esto es, consumir muchos carbohidratos, especialmente refinados, nos pone en un estado de hiperinsulinemia o insulina alta de modo crónico. La diabetes tipo II se produce básicamente a partir de una hiperinsulinemia muy prolongada; en cuanto a la enfermedad cardiovascular, la insulina alta parece clave para desatar la hipertensión, y la glucosa alta (que en primer lugar desmanda la hiperinsulinemia) aumenta los triglicéridos; el Alzheimer ya se conoce como la diabetes tipo III por la importancia de los niveles anormales de glucosa e insulina en su desarrollo; la hiperinsulinemia alienta el factor de crecimiento IGF-1 que estimula el cáncer; sin el concurso de la insulina no habría obesidad…Controla tu insulina y controlarás tu futuro.

En suma, el consumo de carbohidratos refinados pronto se reveló como un serio problema para la salud pública. Controlar la glucemia de los alimentos, y con ello nuestros niveles de glucosa e insulina, resultaba parte del programa necesario para restaurar la salud que como sociedad se nos empezaba a escapar de las manos. Y todo ello a pesar de que los políticos siguieron mirando para otro lado, enfangados en su ridícula obsesión contra las grasas saturadas. Éstos eran los años 70 y 80, posteriores a la obra mencionada de Cleave. No sabemos si eran ‘malos tiempos para la lírica’, como un conocido grupo español cantaba por aquellos años 80, pero sin duda parecían tiempos malos, muy malos, para la verdad científica.

Fue precisamente en los años 80 cuando los estudios sobre la glucemia tomaron definitivamente un nuevo y fascinante curso. Y es que la ciencia acabó confirmando que la glucosa e insulina altas actúan como estimulantes de la inflamación crónica en cada una de nuestros más de 50 billones de células. Si bien no parecía ni parece claro si, por ejemplo, la alimentación de los animales puede influir en la glucemia de los alimentos que éstos producen, ahora sí resultaba evidente cuán beneficioso es en nosotros una alimentación saludable para estos animales. Expresado claramente, los animales que siguen una alimentación natural producen alimentos saludables desde el punto de vista inflamatorio. Todo lo contrario cuando los animales consumen granos o piensos que naturalmente no comerían. Si al consumir muchos cereales y azúcares, nuestra insulina alta genera en nuestro organismo exceso de ácido araquidónico (el ‘padre’ bioquímico de la inflamación celular), lo mismo sucede cuando al ganado se le obliga a consumir cereales y granos en lugar de pastos. Y finalmente ese ácido araquidónico acaba en nosotros.

He aquí el puzzle donde encajaron todas las piezas. Controlar nuestra inflamación y con ella nuestra salud dependía de alimentarnos con productos vegetales no refinados –tal como los produce la naturaleza-, y productos animales de ganado alimentado naturalmente. Parece, en definitiva, que la naturaleza nos dejó marcados los pasos hacia la salud y el bienestar. Sentir pasión por la naturaleza es sentir pasión por tu salud y la de tu familia. Ella, la naturaleza, parece al fin y al cabo ser la verdadera respuesta a nuestros porqués.

Adolfo David Lozano