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En el siglo XIX, un campesino de los alrededores de Bruselas descubrió que de unas raíces de achicoria silvestre habían nacido unos extraños brotes alargados. Nada más comprobar que eran comestibles, empezó a cultivar esta extraña hortaliza. Años más tarde, se empleó un procedimiento de decoloración para mejorar el tono amarillento de las hojas. Y así es como conocemos este alimento hoy en día.

Su sabor ligeramente amargo combina muy bien con ensaladas. Podemos acompañar las endivias con un aliño de cítricos, queso azul o mostaza. Las conservas de pescado (anchoas, salmón, bacalao) son un buen complemento, también los frutos secos y las naranjas.

Las endivias horneadas son más digestivas que las crudas. Solo hay que partirlas por la mitad y añadir aceite. Quedan riquísimas con miel y salsa de soja. También, si las horneamos con verduras como berenjenas, cebollas o alcachofas. O como guarnición para la carne.

Para quitar el amargor de las endivias cocidas, tendremos que incorporar una cucharada pequeña de azúcar en el agua hirviendo y escurrirlas bien con papel absorbente de cocina. En Bélgica, las envuelven con jamón cocido y las gratinan con bechamel, mantequilla, pimienta, nuez moscada y queso rallado ¡Están buenísimas!

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