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Lucía Retuerto

En el siglo XIX, un campesino de los alrededores de Bruselas descubrió que de unas raíces de achicoria silvestre habían nacido unos extraños brotes alargados. Nada más comprobar que eran comestibles, empezó a cultivar esta extraña hortaliza. Años más tarde, se empleó un procedimiento de decoloración para mejorar el tono amarillento de las hojas. Y así es como conocemos este alimento hoy en día.

Su sabor ligeramente amargo combina muy bien con ensaladas. Podemos acompañar las endivias con un aliño de cítricos, queso azul o mostaza. Las conservas de pescado (anchoas, salmón, bacalao) son un buen complemento, también los frutos secos y las naranjas.

Las endivias horneadas son más digestivas que las crudas. Solo hay que partirlas por la mitad y añadir aceite. Quedan riquísimas con miel y salsa de soja. También, si las horneamos con verduras como berenjenas, cebollas o alcachofas. O como guarnición para la carne.

Para quitar el amargor de las endivias cocidas, tendremos que incorporar una cucharada pequeña de azúcar en el agua hirviendo y escurrirlas bien con papel absorbente de cocina. En Bélgica, las envuelven con jamón cocido y las gratinan con bechamel, mantequilla, pimienta, nuez moscada y queso rallado ¡Están buenísimas!

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