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Ser padres nos cambia la vida. Parece que se trate de una obviedad, de una frase hecha, pero al tener hijos nuestra manera de vivir e incluso de sentir cambia en muchos aspectos, y sin duda nos hace transformarnos profundamente. Al respecto, son muy bellas las palabras de Carlos González, pediatra y defensor de la crianza natural: “Personas que hace apenas unos meses eran tal vez inmaduras, egoístas o despreocupadas, aparentemente incapaces de desenvolverse en este mundo y a las que difícilmente habrías confiado el cuidado de un helecho, de pronto, solo por dar a luz, dan un paso al frente y asumen la agotadora responsabilidad de atender todas las necesidades de un recién nacido. Le protegen, alimentan, cuidan y educan sin vacilar. Bueno, con vacilaciones, muertos de miedo al principio, llenos de dudas, pero sin retroceder, sin salir huyendo, casi sin llorar, y con notable eficacia”.

 

Porque otra de las frases hechas sobre los hijos es que no vienen con un libro de instrucciones, y aún así, a pesar del desafío que significa criar a esa personita que de momento sólo sabe expresarse con el llanto, con la risa o los gestos, somos capaces de darles la atención constante que precisan, dejamos de pensar tanto en nosotros y pensamos más en ellos, por ellos cambiamos nuestros ritmos, nuestras aficiones, nuestras prioridades, nuestro modo de convivir e incluso nuestra erótica. Y todo porque ellos, nuestros hijos, son nuestra razón de seguir adelante, y sin duda son nuestro proyecto de vida más importante a corto y a largo plazo. ¿Es esto bueno? ¿Es malo? No cabe duda que se trata de un gran cambio, que además no se puede entender hasta que se vive la paternidad, y sí, es duro, porque roba todo el tiempo, todas nuestras energías, pero también es indescriptible cuando la recompensa es que tu hijo te mira a los ojos y te sonríe, cuando te dice “mamá” o “papá”, cuando después de pasar varias horas sin verte corre hasta ti para darte un beso. Esto también hay que vivirlo.

 

Disponibles 24 horas al día

Los bebés no entienden si tienes un mal día, si te duele la cabeza o una muela, si estás agotado después de una larga jornada de trabajo. Ellos simplemente nos necesitan. Son nuestros pequeños cachorros y precisan de nuestro cariño y cuidado constante, ya sea de noche o de día. Y aunque el nene se ponga malito justo un día en el que para nosotros adultos todo resulte muy complicado, no va a importar, antes que la importante reunión que teníamos, antes que el papeleo que hay que resolver sin falta, estará el cuidarle, bajarle la fiebre, llevarle si es preciso a urgencias porque parece que tiene una otitis. Por ellos, somos capaces de hacer cualquier sacrificio, que no significa sufrir, sino llevar a cabo un trabajo de enorme importancia, porque ser padres es una tarea, además de a tiempo completo, de gran valor y que no tiene precio. El tiempo ahora es otro, parece transcurrir a un nuevo ritmo, y según nuevos designios, porque el nene se ha hecho caca y por eso llegamos retrasados a una cita, porque se nos agotaron las maneras de entretener al enano y además se hace tarde, y por eso hay que irse a casa aunque estemos pasándolo fenomenal tomando algo con amigos.

 

Nuevas emociones, nuevos sentimientos

Lo más sorprendente de la maternidad -y aquí hablo concretamente de nosotras, las madres- es esa capacidad totalmente animal que surge de nosotras después de haber dado a luz a nuestro bebé. Una fuerza casi sobrenatural, que incluso nos puede pillar de sorpresa, se apodera de nosotras, y descubrimos que nuestras fuerzas y energías no tienen límite. Aunque estemos exhaustas y fatigadas, a pesar de dormir poco, nos sentimos infinitamente capaces. Y todo por el amor tan fuerte, poderoso y profundo que sentimos hacia nuestro hijo, un amor que no habíamos sentido hasta ahora y que, si fuera preciso, nos impulsaría a protegerlo a costa de lo que fuera. Somos como una leona preparada para defender a nuestro cachorrito con uñas y dientes. Esta fortaleza, además, se manifiesta en otros aspectos de nuestra vida, nos convierte en mujeres más decididas, más capaces, también más profesionales y con más seguridad en nosotras mismas, capaces de afrontar con resolución y éxito tanto un conflicto de andar por casa como una negociación en el trabajo. Y no quiero dejarme otro sentimiento nuevo que se apodera de nosotros, al ser padres y casi sin darnos cuenta, capaz de hacernos saltar incluso las lágrimas: la ternura y compasión que sentimos por otros niños, y que nos produce una gran desazón el escuchar una noticia en la que algo fatal le ha ocurrido a un niño.

 

Somos más responsables y tomamos decisiones

De la noche a la mañana nuestro sentido de la responsabilidad se agudiza. Al convertirnos en padres y madres, al tener un ser tan pequeño e indefenso a nuestro cargo, se despiertan en nosotros todos los sentidos, somos más responsables de lo que nunca antes fuimos, y empezamos a ver las cosas desde otro punto de vista mucho más maduro. Incluso la relación con nuestros padres mejora, porque de alguna manera les entendemos un poco mejor, y crece nuestra comprensión y gratitud hacia ellos. Es aquí, sobre todo con los abuelos pero en general con cualquiera que nos crucemos, cuando ocurre un fenómeno muy generalizado: la consejitis. Porque todo el mundo va a sentirse con la autoridad de darnos sus consejos sobre cómo cuidar o educar a nuestro hijo, si hay que dormirle así o asá, si hay que darle de comer esto o lo otro, si es mejor esto o aquello. ¿Y cómo hemos de actuar al respecto? Tomando nosotros mismos nuestras decisiones, porque si seguimos todos los consejos que nos dan, nos volverán locos. Porque ningún niño es igual a otro, y nadie mejor que nosotros conoce a nuestros hijos y lo que necesitan. Y ante todo, decidamos lo que decidamos respecto a la crianza y educación de nuestro hijo, no debemos pensar nunca que nos equivocamos.

 

Ser padres no es cambiar nuestra forma de ser

Es natural que, al ser padres, cambiemos de actividades y prestemos más atención a las necesidades de nuestro hijo. Es normal que tratemos de adaptar nuestro horario de trabajo, para que nos permita pasar más horas con nuestro hijo. Es cierto que perdemos independencia, ya no es tan fácil hacer las cosas cuando nos apetece, porque ahora una personita depende de nosotros y hay que hacer malabarismos si queremos ir a ese concierto que tanto nos apetece ver, si toca salir de viaje por motivos de trabajo, si queremos tratar de seguir yendo a nadar o al gimnasio, amén de llevar al día la casa, la compra, la cocina, el trajín diario.

 

Pero no nos equivoquemos. Nuestra vida cambia, pero no nuestra forma de ser. Nuestra forma de vivir y de entender la vida puede y debe seguir siendo la misma. En ningún caso, y por el simple hecho de ser padres, se trata se convertirse en personas aburridas, infantilizadas y convencionales, que renuncian a sus metas, aficiones y deseos, que se doblegan a una vida supuestamente mejor pensada toda ella para su bebé. Esto no es ser padres. Y tampoco un hijo es un tirano que nos obliga a hacer cosas que no nos gustan. Todo lo contrario. Que nos gusta viajar, entonces hay que llevar al nene por muy bebé que sea allá donde vayamos nosotros. Que nos gusta la música, pues hagamos que la escuche y se acostumbre a ella. Que lo nuestro es el cine, el teatro, pues a intentar llevarlo a sesiones para niños e incluso para bebés, porque afortunadamente cada vez hay más oferta cultural y de ocio para bebés y papás marchosos. Porque ante todo se trata de disfrutar la paternidad, de convivir con nuestros hijos y compartir con ellos el mayor tiempo posible. Porque otra frase hecha sobre los hijos es que crecen en seguida, y sus primeros añitos de vida se pasan volando, por eso, aunque sean los más duros, porque nos exigen más a todos los niveles, hay que aprovecharlos. (Continuará…)
 

Ver: Lo que cambia nuestra vida cuando somos padres (Parte 2)

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