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Se acabaron los tres largos meses de verano en que los papás y mamás tienen que idear todo tipo de planes para que los niños pasen las vacaciones. En septiembre, los peques vuelven al cole, a su horario lectivo que en muchos casos se extiende más allá de las aulas con actividades extraescolares. Ocurre muchas veces que el motivo de que los chavales acudan a estas clases extra se debe a la necesidad de los papás de adaptar el horario infantil al laboral al cual se ven sometidos, y no tanto a las necesidades propias de cada niño o niña. Es perfectamente comprensible, los adultos tenemos responsabilidades y muchas veces unas jornadas laborales maratonianas. Pero, antes de marcar la que será la agenda diaria de nuestros hijos para todo el año, es conveniente pararse a pensar y decidir si son o no convenientes tantas extraescolares, o si merece la pena poner en práctica otras opciones lúdicas para los niños con las que también aprender y desarrollar sus habilidades intelectuales y emocionales. En este artículo queremos analizar hasta qué punto son beneficiosas para nuestros hijos esta clase de actividades extraescolares, además de ofreceros algunas alternativas, ideas y consejos.

Extraescolares porque… ¿las eligen los hijos o los padres?

Con frecuencia la elección de las extraescolares no responde a una necesidad o a un interés del niño, sino de la familia, principalmente porque va a permitir a los papás cubrir las horas de su jornada laboral. Como decía, esto es comprensible, porque muchos papás o mamás no tienen la opción de reducir su jornada o adaptarla para poder estar con sus hijos desde las cuatro o cinco de la tarde, es decir, la hora en que salen los niños del colegio. Pero hay otras alternativas que explicaré más adelante.

Otra de las causas de llenar la agenda de los niños de extraescolares, y aquí sí que hay que poner especial atención, es cuando los padres tienen grandes expectativas culturales, deportivas o artísticas sobre los hijos, y su deseo es que sepan de todo y sean el primero en todo, ejerciendo en ellos una gran presión para triunfar. Esa obsesión por tener unos hijos perfectos y preparadísimos es la que llena su agenda de extraescolares. Y esto es un error porque, en términos educativos, más no es sinónimo de mejor. Además, el problema surge cuando como padres se pone mucha más atención en los logros de los hijos que en su bienestar y felicidad. Y no es que haya nada de malo en sentirnos orgullosos de nuestros hijos y las cosas que consiguen hacer. Pero cuando los alardes resultan más triunfales que amorosos, cuando parece que más que niños se estén criando expedientes académicos, es muy posible que la identidad de los padres esté vinculada en exceso a los logros de los hijos, y esto no es positivo ni para los unos ni para los otros.

¿Son tan necesarias las extraescolares para los niños?

Además del colegio, los pequeños de menos de seis años no requieren ningún tipo de actividad extra. No hay que olvidar que todavía son muy pequeños y el mayor aprendizaje para ellos es a través del juego. Nada mejor para ellos que darles la oportunidad de realizar actividades lúdicas, siempre mejor al aire libre, en las que poder interactuar con sus amigos, y donde realicen cierta actividad física. Y nada peor que someterles a un número excesivo de horas realizando actividades intelectuales o físicas, ya que esta sobrecarga les conducirá a la saturación con el consiguiente resultado de estrés infantil.

A partir de los seis años, los niños ya tienen interés por diferentes disciplinas, comienzan a disfrutar mucho con algunos deportes o se sienten muy realizados al desarrollar ciertas actividades artísticas específicas. Además, cuando ya son niños más mayores son ellos mismos los que sugieren a los padres practicar cierta actividad. Lo importante es siempre atender los intereses que tenga nuestro hijo. No hay que sobrecargarles con un exceso de horas extra que les lleve al cansancio, al estrés y al deseo de abandonar. Se trata de divertirse y aprender, y nunca convertirlo en una obligación, porque no se debe obligar a un niño a hacer algo que no le agrada. Las actividades extraescolares son positivas si al niño le gustan. En cualquier caso, hay evitar superar las dos horas semanales de actividades extraescolares para niños menores de seis años, y no sobrepasar las cuatro horas para los que son algo mayores.

Además, y siempre teniendo en cuenta los gustos y predilecciones del niño, lo más aconsejable son las extraescolares lo más lúdicas posibles, que el niño las disfrute como entretenimiento, que les enseñen de una forma agradable y entretenida, que no resulten competitivas ni se esperen de ellas resultados, que a ser posible se desarrollen en espacios abiertos, y donde los monitores no dirijan la actividad, ya que lo ideal es que su cometido sea el cuidado de los menores y el invitarles a desarrollar de forma autónoma sus habilidades.

Niños programados, niños estresados

Son muchos los niños que durante todo el año tienen una agenda repleta de actividades organizadas de 8 o 9 de la mañana a 8 de la tarde. Salen de clase, meriendan a toda prisa y corriendo se dirigen a clases de música o de inglés, cambiándose de ropa o de mochila si lo que toca es ir a hacer deporte. Y claro, luego, al llegar a casa, pretendemos que hagan los deberes, se bañen, cenen y se vayan a dormir sin rechistar. No nos debe extrañar que el resultado de esto sea tener niños empachados de información y actividad, con dificultades para concentrarse o para la lectura, incapaces de disfrutar del momento, y sobre todo estresados. Porque hay niños que realizan unas jornadas más largas y estresantes que las de sus padres. Y qué nos pasa a los adultos cuando estamos estresados, pues que a la mínima saltamos y reaccionamos con muy mal humor. Así que nuestros hijos, sometidos a esta presión, también reaccionan mal. No es de extrañar que se enfaden con facilidad, y que si son pequeños estallen en las llamadas “rabietas”.

Además, cuando a los niños se le planifica y dirige absolutamente todo por los adultos, ocurre que se aburren con facilidad y no saben qué hacer si alguien no les organiza el tiempo o el juego, tienen poca capacidad de decisión, les resulta difícil resolver sus problemas solos, y tienen muy poca creatividad o ganas inventar y descubrir las cosas por sí mismos. ¿Cómo solucionarlo? Pues reduciendo las horas dedicadas a actividades lectivas y sobre todo permitiéndoles más momentos de juego espontáneo, en el parque o en casa.

Jugar no es perder el tiempo

A veces se nos olvida que los niños, ante todo, necesitan jugar. Un niño que no juega no aprende, ni desarrolla habilidades emocionales, intelectuales, motoras y relacionales. Porque jugando se aprende de todo: desde subir las escaleras o hacer la voltereta, a resolver problemas de forma creativa, además de habilidades lectoras. Y no se trata de que jueguen con juguetes o juegos didácticos o educativos, ellos aprenden con el juego lúdico, sin más. Y es que el juego es importante en la medida en que sea juego libre, en que los niños tengan un tiempo y un espacio propio en el que sean libres de probar y experimentar, y exista margen de error. Porque se trata de probar y probar, sin ayuda de nadie, sin sentirse juzgados, perseverando a través del proceso que significa el juego espontáneo entre niños. Porque, para asimilar los aprendizajes y las experiencias los niños necesitan jugar. Jugando es como el niño interioriza y pone en práctica lo vivido durante el día y los conocimientos recibidos. A un niño le pueden explicar la ley de la gravedad en la escuela, pero como realmente la aprende es haciendo construcciones de bloques que se caen.

Solo no, con amigos sí

Sin duda dejar tiempo libre para que nuestros hijos jueguen nos supone a los padres tener ese tiempo que nunca nos sobra. Se trata de buscar alternativas para que, si tenemos mucho trabajo, nuestros hijos puedan estar con amigos. Pueden ser los del cole, los del vecindario, los del parque. Por eso, una buena alternativa es montar una red con familia, amigos, vecinos u otros papás para que, al menos una tarde a la semana, los críos puedan jugar con esos amiguitos, ya sea en casa o el parque. Hablando con otros papás o mamás, os daréis cuenta de que los problemas son los mismos: qué hacer con el peque cuando sale del colegio. Es cuestión de echar mano del concepto de la tribu, y es que según un proverbio africano: para educar a un niño hace falta una tribu entera. Y mejor que obligar a nuestro hijo a realizar unas actividades extraescolares que o bien no le apetecen o bien le causan estrés, organizarnos para que las tardes sean con otros niños y otros papás, y los peques jueguen entre ellos y los papás os planifiquéis entre vosotros. Porque el proceso de criar a un hijo es costoso y requiere tiempo y esfuerzo, y como padres debemos involucrarnos, así que nada mejor que una buena red de apoyo entre familias para echar una mano, y que ante todo nuestros hijos tengan ese tiempo que necesitan para jugar y ser felices.

Os proponemos juegos caseros para aprender a reciclar en familia. Utilizaremos materiales que se encuentran en el hogar como envases de plástico, cajas de cartón o vidrio, ¿os animáis a probar en familia Los juegos de Carla?

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