Nutrición infantil. La alimentación de los niños

¿Cuánto tiene que comer un niño? Esta es una pregunta recurrente por parte de padres y madres cuando consideran que el pequeño come muy poco o se alarman cuando pasa unos días con poco apetito o comiendo menos cantidad de la acostumbrada. En realidad ambas cosas son normales en un niño sano y responden a los propios mecanismos de autorregulación de la ingesta.

En la primera infancia el apetito de los niños es muy variable. La Academia Americana de Pediatría (AAP) explica que el apetito de los niños mayores de un año es errático e impredecible”. Dicen literalmente, “el apetito se adapta al lento crecimiento del niño y sólo el apetito del niño puede usarse como marcador de sus necesidades calóricas” (American Academy of Pediatrics, 2009)

Alrededor de los dos años es habitual que el apetito se reduzca porque se enlentece el ritmo de crecimiento. Esto puede llevar a los padres a pensar que el pequeño no está comiendo lo suficiente, sin embargo, si el niño está sano, alegre, activo, no presenta alteraciones analíticas y su peso no sufre bajones bruscos, no hay razón para pensar que algo va mal.

En el año 2000, el Centro e Investigación en Nutrición Infantil del Ministerio de Agricultura de Estados Unidos llevó a cabo un estudio sobre las calorías que necesitan tomar los niños desde el nacimiento hasta los 2 años. Destacaron que un niño perfectamente sano puede necesitar la mitad de las calorías que otro niño, también sano, de su misma edad (Butte NF y cols., 2000). Es por ello que insistimos en que la mejor herramienta de que disponemos para graduar la ingesta de un niño son sus propios mecanismos de apetito-saciedad.

La importancia de una alimentación saludable

  • La recomendación general en niños sanos es permitir que su apetito guíe el tamaño de las raciones, siempre y cuando lo que pongamos a su alcance sean alimentos saludables y no alimentos superfluos.
  • No aconsejamos obligar a comer al niño si no tiene más hambre, aunque nos parezca que ha comido poco. Probablemente comerá más en la próxima ingesta o al día siguiente.
  • Mientras el niño siga mamando, es difícil valorar y calcular su ingesta porque desconocemos la cantidad de leche materna que toma.
  • A partir de los dos años el niño puede comer las mismas preparaciones culinarias que los adultos, en porciones más pequeñas, no es necesario preparar elaboraciones específicas para él, pudiendo sumarse a la comida habitual de la familia.

La comida como una experiencia positiva

En resumen, conviene abandonar la idea de que es necesario presionar a los niños para que coman, y , en lugar de ello, es mucho mejor:

  • Intentar “inculcarles” buenos hábitos predicando con el ejemplo.
  • Hacerles partícipes de las comidas preguntándoles qué les apetecería comer, preparando con ellos los menús semanales e incluso haciéndoles partícipes en la cocina.
  • Poniendo a su alcance un surtido de alimentos saludables o dicho de otra manera, poniendo a su alcance poca comida superflua (chucherías, refrescos, helados, fast food…)
  • Haciendo de la comida una experiencia positiva: no obligar al niño a estar horas y horas delante del plato; deben entender la alimentación como un momento placentero en el que hablar en familia y disfrutar, no como un “castigo” que tienen que sufrir 5 veces al día.

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