Aunque parece un asunto quizás de actualidad, la intolerancia a la lactosa no es nada nuevo en la historia del ser humano. Pero antes de nada, aclaremos qué es la lactosa y su intolerancia. La lactosa es un disacárido –coloquialmente diremos un azúcar- formado por glucosa y galactosa, descubierto no precisamente ayer -en concreto, en 1619- e identificado como azúcar a finales del siglo XVIII. Esencialmente la lactosa se encuentra en la leche, en menor medida en el queso y posteriormente en el yogur y en valores muy bajos en la mantequilla.

La llamada intolerancia a la lactosa se produce por la falta de secreción de enzima lactasa, que es la enzima encargada de digerir la lactosa en el sistema digestivo.  A este propósito, resulta curioso que el proceso de fermentación del yogur genera en este alimento algo de lactasa, lo que facilita su digestibilidad, aunque en cualquier caso los que padezcan una severa intolerancia a la lactosa probablemente también deberán evitar el yogur.

Si bien es cierto que la producción de enzima lactasa tiende a reducirse con la edad, no lo es menos que no todas las sociedades tenemos una misma tolerancia general a la lactosa y, con ella, al consumo de leche. La evolución importa, y mucho, en cuanto a nuestra mayor o menor tolerancia a éste o aquéllos alimentos y parece un punto crucial para entender nuestra adaptación al consumo de lácteos. De este modo, mientras los europeos nórdicos tienen una muy escasa incidencia de intolerancia a la lactosa,  suele ser la norma entre los chinos, japoneses, indios americanos o algunas culturas negras africanas por citar algunos. Esto es debido a un proceso de selección natural. Davis y Bolin por ejemplo sostienen que la intolerancia o no a la leche es principalmente un hecho adquirido más que un defecto genético.

En este punto puede apreciarse la conexión entre cultura y alimentación si observamos que los chinos suelen ver la leche como un alimento desagradable, mientras que por ejemplo la tribu africana Bahima, con una dieta tradicional a base de leche, ésta tiene unas connotaciones sumamente positivas, poco menos que sagradas.

Gracias a la introducción en los mercados de distintos productos lácteos sin lactosa, hemos podido prescindir de la alternativa casi única hasta ahora de bebidas de soja y otras bebidas vegetales. Y es que particularmente me preocupa el uso de preparados de soja en bebés. Con la buena intención de aportar alimentos sin lactosa, como la soja, para que bebé y niño no tenga que exponerse a ella, frecuentemente es difícil calibrar si en este caso es peor el remedio que la enfermedad. ¿Por qué? Porque el consumo frecuente de productos de soja en bebés y niños ha sido de manera bastante consistente asociado con el desarrollo de un problema hormonal: hipotiroidismo. Además, entre otras “bondades”, la soja impide la absorción de minerales y dificulta la digestión. Y es que, de hecho, el tema de la soja es una de las seducciones más engañosas de la nutrición de nuestro tiempo, y que desarrollaré en otro momento.

Aparte de la evidencia de que quienes tienen tolerancia a la lactosa deberán evitar leche “convencional” (que contiene naturalmente lactosa), a la hora de elegir leche siempre debemos mantener la norma de dar preferencia a los alimentos lo más naturales posibles. En este caso se traduciría por elegir leche pasteurizada antes que uperisada, y entera antes que desnatada.  Mis recomendaciones, además, recientemente se han visto respaldadas por diversos estudios. Uno de diciembre de 2010 en Annals of Internal Medicine, mostraba que una sustancia natural de la grasa de los lácteos, llamado ácido trans-palmitoleico, podría reducir sustancialmente el riesgo de diabetes tipo 2 (y, como resultado, de enfermedad cardiovascular). La investigación provenía de Harvard tras estudiar más de 3.700 hombres y mujeres de más de 65 años seguidos durante 20 años para evaluar los factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares en adultos de edad avanzada. Los investigadores encontraron que quienes consumían más productos lácteos enteros tenían mayores niveles de ácido trans-palmitoleico en su sangre. En los años posteriores, aquéllos que tenían mayores niveles de éste ácido trans-palmitoleico tuvieron un 60% menos riesgo de desarrollar diabetes que aquéllos cuyos niveles eran más bajos.

Además, hay que tener en cuenta los hallazgos de otros dos estudios de Harvard sobre los lácteos. Uno halló que los lácteos desnatados contribuyen a la infertilidad causada por el fallo de ovulación, mientras el consumo de lácteos enteros puede ayudar contra ese problema. El segundo mostró que beber leche desnatada está asociado con un mayor riesgo de acné en varones adolescentes.

Con lo que, una vez más, el avance de la ciencia, lejos de estar reñido con lo natural, parece ir de la mano.

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Un comentario

  1. El Trigal Vigo dice:

    Hola:
    Queremos aportar que tenemos turrones especiales para intolerantes a la lactosa. Esperamos que os guste la idea.
    Un saludo

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