Últimamente más que nunca, el debate sobre los transgénicos en EEUU está servido. El próximo mes de noviembre, por ejemplo, los californianos votarán acerca de si obligar por ley o no a etiquetar los productos hechos con alimentos transgénicos. ¿Pero qué son exactamente, para empezar, los alimentos transgénicos? La transgénesis o modificación genética es un proceso por el cual los genes de una especie son convertidos en el ADN de plantas o animales distintos. Existen básicamente dos tipos de cultivos transgénicos. Aquéllos que son resistentes a los herbicidas, diseñados para resistir a los tóxicos empleados para matar a las malas hierbas. Tóxicos que por cierto suelen acabar en la cadena alimentaria. Y, por otro lado, aquellos cultivos como en muchos casos el maíz diseñados para producir su propio insecticida en cada célula. Hablamos por ejemplo de las Bt-toxinas, que acabamos digiriendo. Un estudio halló que en EEUU la gran mayoría de embarazadas tenía Bt-toxinas en su sangre. 

Dos de los cultivos más sometidos a la transgénesis son la soja y el maíz en EEUU, que como puede deducirse es además un gran exportador de estos productos. El problema mayor no viene con el maíz y la soja en sí, sino con los productos que se obtienen de ellos y que hoy en día son de consumo masivo: los aceites de maíz y de soja. Y si crees que España se salva, estás muy equivocado. Para vergüenza propia, España es de los países europeos que abiertamente permiten el cultivo masivo de alimentos transgénicos. Mientras Italia, Francia, Grecia, Alemania, Irlanda, Polonia, Hungría, Austria y Luxemburgo tienen prohibido expresamente este tipo de cultivos, España lo tolera y permite. De hecho, España es un importante productor de maíz transgénico.

Una modificación genética específica, por sí misma, no tiene que ser necesariamente perjudicial. La cuestión central es que sus resultados son impredecibles y consumir transgénicos, en el mejor de los casos, es como jugar a la lotería. Es decir, consumir transgénicos sería -y es- inherentemente inseguro. El proceso de alteración genética crea alteraciones no predecibles, con hasta un 4% de ADN distinto al de otra planta igual pero no sometida a este proceso. Ya en 1992 la FDA de EEUU, quien permite la transgénesis en los alimentos, mostraba su preocupación sobre éstos aceptando la “posibilidad de alteraciones y cambios inesperados en las plantas modificadas genéticamente”, lo que podría producir “altas concentraciones de elementos tóxicos”.  Pensemos que todas estas consideraciones se hicieron a pesar de que el entonces responsable de política de la FDA era Michael Taylor, posterior vicepresidente del gigante Monsanto, uno de los reyes de la transgénesis en la agricultura a nivel mundial. ¿Qué habría entonces dicho, y hecho, la FDA si hubiera sido y fuera realmente independiente?

Una de las consecuencias más dramáticas de la extensión de las prácticas de transgénesis es profundamente ignorada: cada vez parecen precisarse herbicidas más potentes y tóxicos. El Dr Arpad Pustzai, uno de los mayores expertos mundiales en seguridad alimentaria con los transgénicos, ha corroborado en estudios que ratas que consumen patatas modificadas genéticamente sufren de retraso en el crecimiento de órganos y debilitado sistema inmunitario, o que los que consumen tomates modificados genéticamente sufren de daños digestivos. Después de salir en un popular programa televisivo hablando de ello, se le acabó marginando académicamente en la investigación sobre la transgénesis. El Dr Ignacio Chapela, quien ha demostrado en México los problemas de salud con el maíz modificado genéticamente, ha sufrido en EEUU la marginación científica. ¿Casualidad o complot para tapar la verdad sobre los transgénicos? Que cada cual saque conclusiones. El Dr Christian Velot seguramente lo tiene más claro. Tras expresar en conferencias públicas sus preocupaciones con los transgénicos, se le eliminaron en 2008 las subvenciones para investigación, sus alumnos fueron reasignados y la Universidad de Paris prescindió de sus servicios académicos.

El Dr Michael Antoniou, experto en genética molecular del King’s College de Londres cree que una dieta a largo plazo con soja modificada genéticamente “podría conducir a daños hepáticos y a toxemia generalizada” (exceso de toxinas en sangre cuando, por ejemplo, el hígado no puede detoxificar adecuadamente). Tras aprobarse e introducirse la soja transgénica en Reino Unido, se reportó un aumento del 50% de alergias por soja ¡en sólo un año! Y es que los genes modificados o alterados pueden generar proteínas nuevas desencadenantes de reacciones y alergias. Las Bt-toxinas empleadas en los cultivos transgénicos no alcanzan las recomendaciones de seguridad de la OMS, ya que toleran muy bien el proceso de digestión o el alto calor. Aun así, se siguen usando sin restricciones.

La gran mayoría de estudios y tests de seguridad sobre transgénicos se han realizado en animales. ¿Cuál es entonces el problema real de los transgénicos? Como dije anteriormente, el problema es que, en el mejor de los casos jugamos a la lotería. Sin haberse testado adecuada e independientemente los transgénicos antes ni durante su puesta en el mercado, somos en realidad conejillos de indias de un gigante experimento en el que los tests preliminares apuntan a un destino nada halagüeño. De momento, instituciones como la Academia Americana de Medicina Ambiental han pasado a tomar postura instando a los ciudadanos a evitar los alimentos transgénicos. El gran problema es que el consumidor no tiene forma de saber con seguridad dónde están o cuáles son.

Así pues, la libertad real se torna más necesaria que nunca. Para investigar sin cortapisas ni censuras sobre los transgénicos, y libertad de información al consumidor que actualmente no tiene forma de distinguir estos productos y poder libremente elegir. “El gobierno no es la solución, es el problema”, decía hace 30 años Ronald Reagan. Hoy, a propósito del oscurantismo oficial casi por decreto durante más de dos décadas sobre los transgénicos, parece más cierto que nunca.

2 Comentarios
  1. Isabel

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    Me parece increíble que no se especifique en la etiqueta si un producto está o no modificado. Es más fácil vender estos productos camuflados entre el resto, pues cabe la posibilidad de que, si el consumidor sabe que productos están modificados, no los compre. Con esta falta de información se está negando al consumidor el derecho de elegir y se le obliga indirectamente a comprar algo que puede no desear. Pero es aún más vergonzoso que se permita esta omisión en la etiqueta cuando cada vez se exige al resto de productos más detalles de todos los pasos que dan desde su origen hasta su destino final.
    Saludos.

  2. Leti

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    Estoy de acuerdo contigo Adolfo David. Queremos que las etiquetas de los alimentos muestren si llevan transgénicos, tenemos derecho a elegir lo que comemos. Increíble que en España se cultiven, penoso ver como juegan con la salud.

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