De todas las vitaminas, la C es una de las que mejor conocemos. Aunque muchos no lo saben, la vitamina C pueden generarla la mayoría de animales. Sin embargo, nosotros los humanos debemos consumirla ya que nuestros organismos no pueden generarla por sí mismos. Exactamente esto explica la teoría según la cual los animales no sufren infartos pero los humanos sí: nuestra necesidad lógicamente superior de vitamina C. De hecho, el premio Nobel Linus Pauling afirmó en 1989 que la enfermedad cardiovascular se debía a una falta crónica de vitamina C.

En otros ámbitos terapéuticos las propiedades de la vitamina C no se quedan atrás. El caso de Alan Smith dio la vuelta a los medios en su país, Nueva Zelanda, hace pocos años. En unas vacaciones, Alan contrajo una virulenta forma de gripe porcina. Aunque las expectativas de los doctores eran nulas, la familia decidió probar una terapia de la que habían oído: la vitamina C intravenosa en dosis altas. Dado que los médicos del hospital no aprobaron esa terapia, la familia tuvo que lidiar judicialmente para poder seguir administrándosela. ¿Qué acabó sucediendo? Que Alan terminó recuperándose tras haber sido diagnosticado de irrecuperable.

Los trabajos de los doctores William McCormick y Ewan Cameron junto con los del citado Pauling en relación con los usos de la vitamina C dentro de una estrategia en pacientes con cáncer resulta realmente interesante. El Dr Thomas Levy afirma que ha visto cientos de resultados sorprendentes usando altas dosis de vitamina C.

Muchos se preguntarán si la vitamina C puede ayudar a vivir ya no sólo mejor, sino incluso más. Según un estudio publicado en 2001 cada pequeño aumento de vitamina C en sangre (20 micromoles por litro según el estudio) se reduce un 20% nuestra mortalidad con independencia de nuestra edad, nuestra presión arterial y otros factores. Ese mismo estudio encontró además una correlación: los varones con mayor vitamina C tenían menos riesgo de mortalidad por cáncer. Otro estudio más reciente, de 2011, también halló que el riesgo de mortalidad en un período de 13 años era menor tanto para hombres como mujeres con mayores niveles de vitamina C.

Cuando pensamos en vitamina C, el primer alimento que nos viene a la cabeza son los cítricos en general y las naranjas en particular. Sin embargo, nos sorprenderá conocer algunos alimentos que pueden competir perfectamente con las naranjas en contenido de esta vitamina. Es el caso de la papaya, ya que una papaya pequeña contiene unos 100 mg de esta vitamina, mientras una naranja contiene alrededor de 80 mg. El brócoli es otra gran fuente de vitamina C con unos 130 mg por ración. Las fresas, por su parte, tienen un contenido similar en vitamina C por peso a las naranjas. Debemos tener en cuenta que cada día un adulto medio necesita no menos de unos 90 mg de vitamina C para evitar una deficiencia.

Sin embargo, a pesar de todas sus propiedades, prevenir la gripe no es –al contrario de una extendida creencia popular- un punto donde la C sea particularmente fuerte.

Así pues, la C no es una vitamina sólo para el invierno. Es una vitamina para todo el año y todos los días. ¿Has tomado ya tu ración diaria de vitamina C?