Zinc


A la hora de pensar en reforzar nuestro sistema inmunitario solemos traer a la mente vitaminas como la D o la C e incluso algunos compuestos herbales. Sin embargo, tendemos por desgracia a eludir ampliamente el mundo de los minerales. Dentro de dicho mundo, es imposible ignorar que el más destacado de todos en la tarea de reforzar nuestro sistema inmunitario es claramente uno: el zinc.

El zinc, en realidad, en cierto modo es paradójico. Al menos en tanto es uno de los minerales más abundantes al encontrarse en suelos, aire y agua y está naturalmente en casi todos los alimentos, y a pesar de ello sigue siendo frecuente la insuficiencia de este mineral. De hecho, en 1972 se consideró que era el mineral presente en plantas con mayor deficiencia en la población norteamericana. En gran parte, esto se debe a la desmineralización actual de los suelos de cultivo. Tanto es así, que la falta de zinc también afecta a especies animales herbívoras.

Aunque hasta 1869 no se estableció que el zinc era un mineral esencial para los humanos, ya los antiguos egipcios lo empleaban para mejorar la cicatrización de heridas y su importante papel para la salud humana puede entenderse si tenemos en cuenta los múltiples papeles que desempeña: influye en la expresión genética de multitud de proteínas, es necesario para la creación de nuevas células y la formación de colágeno o favorece la cicatrización de heridas entre otras cosas.

Aparte de esto, otro hecho es claro: nuestros niveles de zinc tienden a reducirse conforme envejecemos. Y esto puede explicar mucho, como por ejemplo por qué se produce un declive en nuestros sistemas inmunitarios según nos hacemos mayores. El zinc podría desvelarse como uno de los protagonistas de esta película. Tanto es así que hay quienes sitúan al zinc en el corazón de un proceso llamado “inmunosenescencia”; esto es: envejecimiento del sistema inmunitario. En concreto, los científicos emplean este término para referirse al declive de presencia de células inmunitarias encargadas de atacar y destruir virus, bacterias y hasta células cancerígenas. Este deterioro inmunitario también explica por qué en la edad avanzada somos más proclives a sufrir problemas autoinmunes como artritis reumatoide.

Las buenas noticias son claras: este proceso de deterioro inmunitario no es irremediable. Antes al contrario, puede combatirse y retardarse gracias a diversas estrategias. Y a estas alturas ya comprendemos que el zinc es una de esas estrategias, y una además importante.

Añadir zinc a nuestras dietas, ha demostrado, entre otras cosas mejorar nuestra respuesta a las vacunas, incrementar la supervivencia en ratas de edad avanzada o mejorar la respuesta de los glóbulos blancos. Para calibrar su influencia sobre el sistema inmunitario, en los países menos desarrollados los suplementos de zinc se emplean para combatir la malaria, la tuberculosis o la diarrea crónica.

Hablando de infecciones, pensemos por un momento en una como la pneumonía, que de hecho es un factor destacado de mortalidad en personas mayores. ¿Sabías que la pneumonía afecta más, y sobre todo con más severidad, a las personas mayores con bajos niveles de zinc? Incluso, los niveles adecuados de zinc tienden a reducir la necesidad de antibióticos y la duración de los tratamientos en personas con pneumonía. En concreto, un estudio por ejemplo halló que elevar hasta lo óptimo nuestros niveles de zinc puede reducir un 41% la probabilidad de sufrir esta enfermedad.

Volviendo al tema de la mejor respuesta a las vacunas y de una infección como la gripe, otro estudio determinó que suplementar zinc junto con otros minerales en pacientes que eran vacunados de la gripe aumentaba por varias veces la proliferación de sus glóbulos blancos en comparación con quienes no suplementan zinc.  Debido a estas capacidades del zinc, hoy la ciencia considera que este mineral podría en parte explicar por qué algunos organismos impiden que las células pre-cancerosas evolucionen a cancerosas. Por ejemplo, en animales es un 28% más difícil inducirles un cáncer cuando están suplementando zinc.

Aunque he mencionado que el zinc está en casi todos los alimentos, no deja de ser cierto que en algunos más que en otros. Las fuentes más ricas tienden a ser la carne de vacuno, las yemas de huevo, las ostras, las legumbres y las semillas de calabaza. Las personas que son vegetarianas suelen necesitar más que las omnívoras añadir un extra de zinc a sus dietas, sobre todo en épocas en las que el sistema inmunitario puede verse más comprometido.

Como vemos constantemente, los beneficios de una dieta correcta con niveles óptimos de nutrientes no pueden dejar de celebrarse. Obtener dosis óptimas de zinc puede tener, además, algún inesperado y agradable ‘efecto secundario’: por ejemplo, padeceremos menos acné. Y es que la importancia del zinc no entiende de edades.

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