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Lo que popularmente todos conocemos como “corte de digestión” es en realidad un nombre poco acertado, puesto que la digestión sigue su curso mientras este fenómeno sucede. Coloquialmente, se le llama corte de digestión a las consecuencias que se derivan de un cambio brusco de temperatura de la piel en contacto con el agua fría y no tiene que ver tanto con la comida.

Digo agua con toda la intención ya que es el método más común de “desvío” de la temperatura. Esto se da porque zambullirse en la piscina o en el mar de forma súbita supone una agresión para el cuerpo. El cuerpo pasa de 40ºC a 20ºC en segundos. Ese cambio térmico brusco produce una reacción cardiovascular con una disminución de la frecuencia cardiaca que puede hacer que la persona que la padece sienta náuseas, a veces vómitos, mareos e incluso pérdida del conocimiento.

Pero no solo se puede causar por inmersión en el agua. También por otras acciones que desvíen la circulación de la sangre o provoquen estos cambios de temperatura. Un gran esfuerzo físico después de comer, como un partido, una competición o una serie de ejercicios de alta intensidad pueden desencadenar una sintomatología similar sin necesidad de haberse puesto el bañador.

El riesgo de padecerlo es independiente de la edad, aunque puede ser más grave en personas de edad avanzada o con problemas de corazón. El corte de digestión es más probable cuando la temperatura del agua es especialmente baja o cuando la del cuerpo es especialmente alta, por lo que hay más posibilidades de que ocurra después de hacer ejercicio físico o tras una larga exposición al sol. Sí que es más probable que después de comer pueda producirse un corte de digestión porque después de la comida la sangre se acumula en el aparato digestivo y llega menos sangre a las otras partes del cuerpo, como el cerebro.

Recomendaciones para evitarlo

El proceso de digestión puede llegar a durar hasta cuatro horas, por lo que a pesar de meterte en el agua, el proceso de digestión sigue su curso. Es cierto que si las comidas son más copiosas, puede ser aún más largo. Por tanto, se recomienda siempre entrar en el agua poco a poco, mojándose primero la cabeza. Nunca hay que tirarse de golpe.

La peor situación para los niños y niñas es, si acaban de comer, y el proceso de la digestión está en marcha. Por ello, se recomiendan, para los más pequeños, desde que terminan de comer hasta que se bañen esperar una o dos horas. En cualquier caso, se recomienda entrar en el agua poco a poco para que el cuerpo se vaya adaptando al cambio de temperatura de manera gradual y hacerlo con especial cuidado en ríos y pozas, cuyas aguas están más frías.

Evitar largas exposiciones al sol es también otra medida preventiva, ya que al estar mucho tiempo bajo la acción de los rayos solares la temperatura del cuerpo aumenta. Por si fuera poco motivo, además nos deshidrata paulatinamente. Buscar la sombra cada poco tiempo y refrescar la piel de manera constante es imprescindible, por descontado queda además, tener en cuenta el uso de una crema de protección solar en especial si tenemos la piel muy blanca o son nuestras primeras exposiciones al sol.

Beber regularmente pequeñas cantidades es una buena técnica ya no solo de hidratación, sino de regulación de la temperatura corporal. A veces olvidamos que beber agua refresca incluso más que por “fuera”. Por supuesto, la primera opción para ello es el agua, seguida de otras bebidas como té, sopas frías, zumos caseros con pulpa, la propia fruta o bebidas no azucaradas.

Recordamos una vez más que las bebidas azucaradas no deben ser la opción fácil y recurrente, sino algo muy esporádico y ocasional. Cabe recordar por último, que el alcohol deshidrata, y que por tanto la cerveza con alcohol, cócteles o vinos no son la mejor elección para este fin.

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