Cerremos los ojos y pensemos en una vaca que da leche. ¿Qué nos imaginamos? Pues una vaca pastando en verdes prados abiertos y con un aire limpio y puro en medio de la naturaleza. Es por ejemplo el caso de las vacas y cabras que el Dr. Weston Price encontró en 1932 en su viaje al valle de Loetschental, en Suiza, lugar en el que una población aislada mostraba una salud excelente a base de productos animales como leche y quesos. Para hacernos una idea de su salud, no tenían médico local, sencillamente porque no lo necesitaban. Pero a decir verdad, hoy en día este tipo de ganado es bastante afortunado comparado con la mayoría. Por desgracia, una vaca lechera en la actualidad típicamente se encuentra confinada en un pequeño lugar cerrado (lo que llamamos ganado estabulado), con una alimentación a base de granos y cereales totalmente ajena a la alimentación natural y original de la vaca, y forzada a dar leche (en ocasiones hasta el dramático punto de recibir hormonas y otros fármacos). No es de extrañar que mientras la vida de la vaca de los prados se cuenta por años, la de la encerrada y forzada de modo antinatural a dar leche se cuenta por meses. Es como comparar a un trabajador actual cuidado y atendido, con uno del siglo XIX desatendido y sometido a duras condiciones. Como vemos, no podemos cuidar de nosotros mismos si no cuidamos de nuestro entorno, empezando por la vida y condiciones de la materia prima con la que nos alimentamos. Dime qué comes y te diré quién eres.

Con la creciente preocupación por alimentarnos de modo saludable, cada vez más personas aprecian y valoran lo natural. Sin embargo, aún no existe igual conciencia respecto a cierto tipo de alimentos. Sencillamente porque no hay una identificación tan automática entre el alimento y su origen. Es decir, la tierra da tomates, manzanas, lechugas; y un animal da filetes y solomillos, pero no da directamente un queso o un yogur. Pero las condiciones del animal son tan importantes en los filetes como en los quesos, pues al fin y al cabo sin el animal de origen no habría filetes como tampoco quesos.

¿Verías bien que tu hijo comiera a base de dulces, golosinas, pizzas y comida rápida y artificial? Espero que no. Como tampoco deseo que sea el caso de los animales, más aún si luego nos alimentamos de ellos. Pues, ¿cómo vamos a llevar realmente una alimentación saludable si para empezar no la llevó el ganado que acabaremos sirviendo a la mesa? La mayor parte de gallinas, pollos, terneras en la actualidad se alimentan a base de granos y cereales, pero puedo apostar contigo que si dejamos por ejemplo a una vaca a su libre albedrío siempre elegirá un pasto, nunca un campo de cereales. ¿Sueles ver vacas ‘salvajes’ metidas en medio de maizales o arrozales? Sólo esta imagen resulta, obviamente, chocante.

Por desgracia, esa alimentación a base de cereales es sólo parte de otros muchos, y mayores, problemas. Para calibrar hasta qué punto puede ser trágico en la actualidad el caso de las criticables prácticas sobre el ganado con que nos alimentamos, podemos referirnos al escándalo que en 1997 en Estados Unidos destaparon unos inspectores, que descubrieron que muchos granjeros alimentaban a su ganado con animales domésticos muertos e incluso restos de comida y basura de restaurantes.

Hay granjeros y productores que sólo se preocupan por explotar al máximo las capacidades del ganado hasta límites que comprometen la salud y bienestar del animal, y con ella la de los consumidores. Igual que los seres humanos, los animales necesitan una alimentación nutritiva para estar auténticamente sanos. Alterando la alimentación natural del ganado, y obviamente sometiendo al mismo a otras prácticas de explotación masiva (es lamentable lo cotidiano que al menos en EEUU es el hormonado de ganado), se reducen drásticamente las propiedades nutricionales de todos los productos animales. Así, cae significativamente el nivel de vitaminas como la A y la D, y también de ácidos grasos Omega 3. Aunque poca gente lo sabe, el ganado alimentado con pastos contiene esos tan importantes, y con todo merecimiento, tan de moda ácidos grasos Omega 3. Por el contrario, prácticamente no se encuentran en el ganado que consume granos y cereales. Lo mismo sucede con otro ácido graso, el CLA o ácido linoleico conjugado, que contribuye a reducir la grasa corporal y en los años 90 fue protagonista de múltiples estudios que confirmaron sus efectos anticancerígenos.

Así, en última instancia, dime lo que comes y te diré quién eres en realidad encierra una afirmación aún más profunda: ‘dime lo que comió aquello que comes, y te diré quién eres’. Obviamente éstas son preguntas esenciales a la hora de preocuparnos por nuestra salud. Y por supuesto, por la de nuestros hijos.

Adolfo David Lozano