El pan


El pan ha dejado todo tipo de rastros en la cultura popular. Son innumerables las leyendas, citas célebres, costumbres sociales y creencias. A la cabeza de ellas se encuentra su sinónimo con el concepto alimento: en muchas culturas, palabras como “comida”, “comer”, “cena” o “piscolabis” poseen un origen etimológico vinculado a la palabra “pan”. El anecdotario se extiende también a campos como la religión, el arte, la economía o la política. Casi se puede decir que el pan ha sido omnipresente en la historia de muchas de las culturas del mundo. Pero ¿por qué sabemos tan poco de este alimento tan básico en nuestra alimentación?

 

La historia del pan se remonta a tiempos prehistóricos. Ya en el neolítico, hace 12.000 años, se producía pan ácimo (sin fermentar) de forma rudimentaria. Posteriormente fueron los egipcios los que descubrieron la fermentación, probablemente por casualidad. Y es esa misma fórmula la que siglos más tarde se sigue empleando en las tahonas tradicionales para producir este alimento básico. Durante la segunda mitad del siglo XX se empezaron a desarrollar los llamados “mejoradores de pan” y posteriormente la ingeniería genética empieza a tener un papel relevante en el cultivo de los cereales y, por extensión, en el pan. Pasada una época de desprestigio de este alimento básico, se puede decir que está llegando una nueva etapa para el pan, en la que ya no es meramente considerado como algo con lo que matar el hambre o engordar: actualmente se estudian y valoran sus propiedades nutritivas y se producen todo tipo de variedades para satisfacer los distintos gustos.

 

Los ingredientes empleados en los mejoradores de pan causan cierta alarma entre sectores de la sociedad, preocupados por la salud de los alimentos. Concretamente algunos de los mejoradores industriales han sido cuestionados o incluso prohibidos por generar efectos indeseados en el organismo (alergias, flatulencias, etc) o incluso por posibles efectos cancerígenos. Sin embargo no debemos caer en el error de creer que los llamados “panes fortificados” son necesariamente poco naturales o perjudiciales para la salud. En muchos casos se trata de recetas tradicionales con un aporte extra de calcio, vitaminas o fibra.

 

A nivel nutricional es importante destacar que el consumo de pan suele ser una de las fuentes mayoritarias de fibra. Los panes blancos de harinas refinadas son los que aportan una menor cantidad llegando hasta un 3%. Los panes de harinas poco refinadas son las que aportan una mayor cantidad de fibra a la dieta humana: en el pan llamado “integral” puede llegar a haber entre tres a cuatro veces más de fibra que en el pan blanco.

 

Hay panes de trigo, de centeno y de otros cereales. Incluso de harina de soja. Los hay con especias, con semillas, con frutas… los hay levados, planos, de masa ácida, fritos… los hay sin levadura, sin gluten, sin sal, enriquecidos… Cada vez más encontramos en los núcleos urbanos panaderías y tahonas que nos ofrecen todo el sabor y el olor del pan tradicional y una amplia gama de producto para elegir. Un buen pan también forma parte de una dieta equilibrada. Y puede convertirse en un auténtico placer.

3 Comentarios
  1. Marianela

    Me ha gustado reflexionar con vosotros sobre algo tan cotidiano que ni lo vemos.
    Pero desde siempre me ha encantado comer pan, con queso y vino frente a la chimenea encendida.
    Por cierto ¿qué queso me recomendáis para esta sencilla pero gratificante cena invernal?

    • Natalia Berger

      Hola Marianela,
      Que difícil elección. Si eres una verdadera amante de los quesos azules, muy apropiados para esta época invernal, te encantará la variedad Castello Black. Un queso intenso y cremoso que puedes acompañar de un buen tinto de taninos intensos. Si buscas algo un poco más ligero, te recomiendo otra de las delicatessen de Castello: Queso Castello sabor piña y almendra.

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