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Esta sección se llama “La naturaleza es sabia” y os aseguramos que es así: la naturaleza es sabia. Sin embargo muchas veces dudamos de que sea así. Un caso muy habitual es el de la comida. ¿Cuantas veces nos habremos preguntado por qué nos gustan tanto ciertos alimentos de los que no deberíamos abusar? En una dieta equilibrada la ingesta de grasa debería ser de un 30% y el azúcar no debería exceder los 50 g diarios. Respetar esos valores nos supone un esfuerzo muy grande ¿por qué?

Pensemos en el ser humano en tiempos prehistóricos, tratando de sobrevivir. Las fuentes de alimento son escasas, llegar hasta ellas supone un gran desgaste físico y algunas veces transcurren días entre una comida copiosa y otra, en los que el hombre debe conformarse con algún triste vegetal. En ese contexto todo va cobrando sentido: la preferencia del humano por los alimentos de origen animal, de gran valor nutritivo y proteínas de alto valor biológico, será crucial para la supervivencia. Ocurre algo parecido con el gusto por lo dulce: el gusto por lo dulce es innato en todos los mamíferos y fomentado en todas las generaciones mediante la leche materna nada más nacer. Debemos tener en cuenta que el azúcar es una excelente fuente de energía y, en un ámbito en que los azúcares de absorción rápida son escasos, el gusto por lo dulce es una ventaja biológica. El hombre sólo desarrolló aversión hacia el sabor amargo: el sabor que tienen la mayoría de venenos naturales. Hoy en día, cuando tomamos algo amargo… le echamos azúcar.

Saliendo de las cavernas la cosa no hace más que acentuarse: en cuanto el hombre construye sus primeras civilizaciones, empieza a tener consciencia de que algunos alimentos, efectivamente, otorgan más salud que otros. El azúcar, la carne, la leche… todos los alimentos de gran valor nutritivo o energético se reservaban al cabeza de familia, a la nobleza, a los enfermos, a los niños… añadiendo un componente social a nuestro gusto por las calorías.

Volviendo al siglo XXI el hombre que pasea por un supermercado es víctima de su pasado prehistórico: deseamos acumular calorías. Algunos se rinden a sus instintos, convirtiendo su dieta en una dieta totalmente desequilibrada en la que faltan frutas y verduras. Otros, obsesionados con el conocimiento adquirido de que las calorías “son malas” se someten a dietas imposibles llenas de carencias.

Todo lo bueno, ¿es pecado o engorda? Sobre el pecado no es nuestro cometido hablar, pero lo que sí podemos afirmar es que, en temas de alimentación, todo lo bueno… es necesario. Aunque sea en dosis moderadas.

2 Comentarios
  1. Maria

    Este artículo me ha parecido sumamente interesante. Confirmado: la naturaleza no hace nada “porque sí”. El problema lo tiene el ser humano, que cambia sus hábitos con tanta velocidad que desorienta a la naturaleza, que “usa” el tiempo en millones de años.

    • Natalia Berger

      Así es. Quizá en unos millones de años nos habremos adaptado a este estilo de vida… ¡si es que seguimos por aquí!

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